Raro es el libro de fantasía que no incluye una gran batalla, y este no es una excepción. De hecho, no es que la incluya, es que asedio es el 99 % de la trama. Con una pequeña salvedad, nada, un detallito... no hay generales al mando ni soldados tras las almenas. Al frente de la defensa se encuentra un ingeniero corrupto, dispuesto a emplear cualquier truco y a romper cualquier regla con tal de defender la ciudad.
Más allá de la interesante premisa, el libro está escrito en un estilo mordaz, con ese carisma que caracteriza a los granujas, que me ha resultado tremendamente divertido. Además, el énfasis en los detalles técnicos —materiales, suministros, logística y maquinaria de asedio—, en contraposición al habitual foco en heroicidades, le da un tono pragmático que aporta frescura y realismo.
Y todo ello sin resultar cargante y logrando mantener un ritmo dinámico en una trama que, de otro modo, podría haberse vuelto muy cansina muy rápido, teniendo en cuenta que toda la obra gira alrededor de una única batalla.
El final es quizá un poco precipitado para quedar del todo redondo y, para mi gusto, a veces se abusa un poco del recurso de «y entonces les dije lo que íbamos a hacer», pero no llega a contarlo, solo para mantener el misterio unas páginas más. Es un recurso efectivo para mantener la tensión, no digo que no, pero cuando se repite una y otra vez, pierde un poco la gracia.
Aún así, es un libro que he disfrutado mucho, muy recomendable para quien le guste la fantasía bélica. Yo estoy ya investigando al autor, a ver que más de su bibliografía me llama la atención, porque el estilo y la voz que tiene me han encantado.

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