Quizá sea cosa mía, pero creo que un thriller debe ser, ante todo, thrilling de principio a fin... y este no lo es. Tiene tanto relleno insustancial, que me pregunto cuánto se habrá añadido únicamente en aras de engrosar el número de páginas. Las primeras ciento cincuenta páginas son, sencillamente, criminales. Ni cadáveres, ni misterio, ni tensión... menuda supuesta novela negra. En su lugar encontramos líos de pueblo pequeño, un tío gris que trabaja en una gasolinera perdida de la mano de Dios y un proyecto inmobiliario con sospechoso tufillo a estafa piramidal. Por suerte, superado ese escollo inicial, el libro despega con fuerza. El ritmo acelera y se entrelazan múltiples asesinatos sin resolver, casos de abuso infantil, infidelidades y estafas. Esas segundas ciento cincuenta páginas son condenadamente adictivas y creo que son la razón de ser del libro. Ahí es donde la novela encuentra su identidad, su esencia, y aporta algo de frescura a un género bastante formulaico: l...