Posiblemente la mejor novela de detectives que he leído.
Empieza como el caso de una niña desaparecida, luego parece que va a ser un tema de drogas y ajuste de cuentas y, al final, acaba siendo algo mucho más complejo, en un terreno moralmente cenagoso. Los giros giran, las sorpresas sorprenden y todo engrana a las mil maravillas.
La historia, narrada en primera persona, sigue a una pareja de detectives privados en el mediático caso de una niña desaparecida, pero tampoco quiero entrar mucho más en la trama, que evoluciona bastante con el devenir de las páginas y eso es buena parte del atractivo de la novela.
El otro gran atractivo son los personajes, que reflejan muy bien la crudeza de los barrios pobres de Boston. Particularmente los diálogos están maravillosamente escritos. El autor hace mucho énfasis en los gestos, en los manierismos, en cómo se dicen las cosas... Lo hace muy real, muy inmersivo; consigue que te fijes en cada palabra. Y es sorprendente cómo logra mantener la tensión y el ritmo pese a que la novela es un 90% diálogo. Hay tres escenas de acción contadas. Todo lo demás son personajes hablando. Hablando en un bar, en una terraza, en el coche... y ahí, hablando, se va desgranando el caso.
Me ha gustado mucho también que la pareja de detectives empiece siendo pareja. En lugar de contemplar el más que repetido germen de una relación que nos lleva al beso en el clímax del libro, vemos cómo la pareja, cuya relación es sólida como una roca al principio, se enfrenta y trata de sobrevivir a los dilemas morales a los que les arroja el caso, cuando sus puntos de vista y opiniones se ven enfrentados.
Pero quizá lo más satisfactorio de todo ha sido que la reacción de los protagonistas ante la investigación ha ido siempre en sincronía con la mía. Cada vez que ponían los ojos en blanco ante un comentario de Helene McCready, yo también estaba suspirando. Qué mujer... madre mía... No había leído un personaje así de exasperante en mucho tiempo.
Y cada vez que algo no les cuadraba en una situación, yo andaba dándole vueltas justo al mismo aspecto.
De hecho, hubo una escena, ya hacia el final, en el que dos personajes estaban hablando en un parque, y hubo un par de comentarios que me escamaban, pero en el momento no caía en porqué. Más tarde, en la escena siguiente, el protagonista está contándole a otro personaje de qué habían hablado, y justo está dándole vueltas a lo mismo que yo. Y entonces, click. Justo en el preciso instante antes de que él se de cuenta y lo lea, caigo yo.
Normalmente el detective se da cuenta de las cosas antes que el lector, y te las explica. O, si el libro es muy malo, el lector se da cuenta antes y tiene que contener sus ganas de estrangular al personaje hasta que este ata cabos. ¿Pero que el momento de clarividencia llegue justo a la par? Qué experiencia tan infrecuente y satisfactoria.
Y el final... oh, el final... Es de los que no te pueden dejar indiferente. De los que te hacen pensar quiénes son realmente los buenos, y si lo correcto es realmente lo correcto. Buenísimo.
Tengo la sensación de que esta va a ser de esas novelas que recomiende a diestro y siniestro. Hay una escenita que puede ser un poco... delicada, de las de no leer con las luces apagadas, pero ¿por lo demás? Buenísimo.
Todo un descubrimiento, y eso que es una novela del 98. Pero ya tengo la vista puesta en más libros del autor, como Shutter Island o Mystic River.

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