Si hay algo que aprecio en una novela es la originalidad, que me sorprendan, y este libro basta hojearlo para ver que se trata de algo diferente.
La trama es de novela policíaca de manual: un periodista reabre un caso archivado años atrás. Nada fuera de lo común, salvo por un pequeño pero crucial detalle: la investigación que llevan a cabo el protagonista y su amigo arquitecto gira en torno al análisis de unos inquietantes planos de viviendas. Cuartos ocultos, habitaciones sin ventanas, tabiques sin sentido aparente que podrían esconder pasadizos secretos... A partir de estas anomalías, ellos van especulando, y es a través de su diálogo como se va desgranando la historia.
Todo ello en un formato muy visual y fácil de seguir, gracias a la abundancia de planos y diagramas que tanto llaman la atención cuando uno coge este libro de la estantería y curiosea sus páginas. Por contra, la narración es bastante minimalista: apenas se conceden líneas a descripciones o las acciones de los investigadores, poniendo en su lugar el foco en lo mínimo indispensable para plantear y resolver el misterio: diálogo, y explicaciones de lo ocurrido.
Un arma de doble filo que bien podría haber hecho la novela algo insustancial, pero que le otorga un ritmo dinámico, casi adictivo, que invita a leerla de una sentada.
Las primeras tres cuartas partes del libro, el cómo se va hilando el misterio, las deducciones que hacen los personajes... todo eso me ha encantado. Me han tenido enganchado, me han echo mirar desde todos los ángulos los planos, me han hecho crear mis propias teorías... fantásticas.
Por desgracia, si hay una cosa que las novelas de misterio tienen que clavar, es el final. Y para mí ahí es donde falla. Es uno de esos finales en los que el asesino resulta ser alguien que no había aparecido hasta ese momento, en los que la explicación viene por medio de la espontánea confesión de este personaje, que cuenta con pelos y señales todo lo acontecido, volviendo irrelevante toda la investigación previa de los protagonistas, y cuya verosimilitud es, cuanto menos, cuestionable.
Aún así, solo por la originalidad del medio, aunque el final me haya dejado frío, para quien le gusten este tipo de historias, creo que es una lectura que merece la pena, porque el proceso de cómo se construye el misterio es brillante.
Y ya antes de terminar, dos apuntes respecto al marketing del libro, que si no los pongo y me muerdo la lengua me enveneno.
Primero, del terror que anuncia la contraportada, no tiene ni la T. No alcanzo a entender porqué le han puesto ese sambenito. Es novela negra, sin más. Es algo turbia, sí, pero en ningún momento recrea escenas truculentas, ni describe con detalle los asesinatos o el aspecto de las víctimas.
Segundo, el libro parece tener un buen tamañito, pero realmente es poco más que un fascículo. Son doscientas páginas —cifra que que para mi gusto ya cae más del lado de la noveletta que otra cosa—, pero si tenemos en cuenta la abundancia de dibujos, la amplitud de los márgenes, el tamaño de letra, el interlineado y que el diálogo está sangrado casi dos dedos... no creo que llegue a las diez mil palabras.

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