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La voluntad de muchos (La Jerarquía #1) | James Islington

Este es el segundo libro de Islington que arranca de maravilla, me hace pensar que va a ser éxito, pero logra perder mi interés antes de llegar siquiera a la mitad, para luego culminar en un apático final con más preguntas que respuestas. 

Es la misma sensación que tuve con La Sombra de lo Perdido. Tiene buenas ideas, tiene sus grandes momentos, pero el grueso de lo que rodea esos instantes de genio me resulta una insulsa amalgama de mediocridad. 

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Me ha gustado mucho que la historia arrancara in media res, con el protagonista ya metido en harina. Nada de ver su vida normal, la tragedia que destruye su mundo y le pone en el camino del héroe, o el momento en que decide tomar las riendas de su destino. No. Aquí lleva tres años siendo un fugitivo, sabe cómo funciona el mundo, cómo funciona la magia, tiene un plan en marcha, sus contactos, sus trapicheos y arreglos... Crea interés inmediato por el personaje —que buena falta le hace dado su inexistente carisma—, hace el inicio más dinámico y plantea el misterio de cómo ha llegado hasta ahí. Los compases iniciales, ya digo, son soberbios.

Por desgracia, cuando ya crees que es posible tener un personaje joven, competente y con agencia desde el principio, resulta que la trama del libro, el arco principal, es que vaya a la academia. No solo eso, sino que antes de ir a la academia, tienen que formarle para que esté preparado. Espuma me salía por la boca. ¿Un arco de formación que conduce a otro arco de formación? ¿De verdad? ¿De qué puñetas sirve saltarnos todos los orígenes del personaje, si vamos a pasar por el trillado arco formativo-académico de todos modos?

Y ya no es solo que la premisa sea sospechosamente similar a Amanecer Rojo —el protagonista es reclutado para infiltrarse en una academia donde va la joven élite de la sociedad y destruirla desde dentro—, sino que esta nueva dirección de la novela viene acompañada de enormes bloques de exposición disfrazada de diálogo. Páginas y páginas de alguien hablándole al protagonista de personajes que no hemos visto, lugares que no conocemos y acontecimientos que tuvieron lugar años atrás.

Al menos, una vez tenemos todas las piezas y hemos procesado toda la información, hay que decir que la cosa remonta con la llegada a la academia y los distintos interrogantes que plantea: el misterio de las ruinas y la civilización perdida, las muertes de alumnos que la academia lleva años encubriendo, los planes de los terroristas tratando de derrocar la jerarquía... todo eso está muy bien. Pero son islas en un mar de clases, profesores, exámenes y compañeros de clase que, sinceramente, me aburre. 

Y cuando ya estaba dispuesto a tirar la toalla, llega el Iudicium, la última prueba a la que se someten los alumnos antes de graduarse. Está genial. Desde el momento en que les explican las reglas, estaba que no cabía en mí de la emoción. Cómo pone en jaque las lealtades; los vacíos legales del reglamento y las estratagemas que estos permiten; los planes escondidos dentro de planes; los engaños y cortinas de humo... Es una competición tan bien planteada, que sinceramente, no se para qué puñetas hemos estado leyendo sobre anodinas clases a lo largo del curso, cuando podíamos habernos dedicado a esto. 

Por supuesto, los acontecimientos finales vuelven irrelevante toda la competición, pero al menos, durante el tiempo que esta está en marcha, me ha resultado fascinante. 

Y después de tanto devaneo, el libro termina con todos los cabos sueltos, medio elenco muerto y sin resolver absolutamente nada. Hay un epílogo, que no aclara absolutamente nada, y al protagonista le prometen respuestas, pero ya llegarán en la secuela, que hemos gastado muchas páginas en clase o en la cantina, y el papel está caro. 


El cómputo global es una puñado de buenas ideas, mucho relleno entremedias, y tremendo potencial desaprovechado. 

El sistema de magia, por ejemplo. Al principio parece que hay mucha ciencia al respecto, que si matemáticas y potencias de ocho, que si armónicos y condicionales... pero a pesar de que el protagonista se pasa el libro yendo a clase, estos términos solo se mentan de pasada. Nunca se llegan a explicar las reglas de la magia. ¿Por qué? Porque tras la fachada de ciencia, la realidad es que es un sistema de soft magic, que puede hacer, en cada momento, lo que la trama requiera.

Le daría puntos por su originalidad, pero seamos sinceros, es una copia algo más jerarquizada del aliento biocromático de El aliento de los dioses

O el propio protagonista. Una de las cualidades que más atractivas me resultaban de él al principio es que el tío, por principios morales, no está dispuesto a usar magia. Eso podría haber creado situaciones interesantes, haberle puesto en una situación de desventaja autoinflingida, haberle obligado a buscar soluciones creativas a los problemas y, en ultima instancia, llevarnos a ese momento dramático en que su determinación flaquea y se ve tentado de usarla... Pero no, es mucho más fácil ponerle en el único sitio del mundo donde el uso de la magia está prohibido y seguir como si nada. 

Es como en La Sombra de lo Perdido, que los protagonistas tenían unos tatuajes que les impedían usar magia y les forzaban a obedecer a las autoridades, pero enseguidita encuentran una forma de deshacerse de ellos. No vaya a ser que tenemos que ser creativos a la hora de resolver los obstáculos de la trama. 

O el estúpido duelo con armaduras teledirigidas, que sí, es novedoso, pero no aporta nada. No vuelve a salir, el vencedor no se determina por una idiosincrasia o particularidad de esta tecnología, no hay ningún tipo de estrategia o táctica distinta a un duelo de esgrima cara a cara, ni tiene repercusiones el hecho de que al usar un avatar, la severidad de los golpes sea susceptible de falsearse... simplemente aparece ahí, durante dos capítulos, no se menciona antes, y no se vuelve a mencionar después. Podían haberse jugado la vida a piedra-papel-tijera y ahorrarnos cincuenta páginas. 

O la ambientación romana, que madre mía. Hay un senado, y un coliseo, y se dejan caer una o dos palabras en latín por página, pero si rascas un poco la pintura, vez que es fantasía de lo más normalita. Vamos, que el coyote pintaba trampantojos más creíbles para el correcaminos. 


Como he dicho, me deja con la misma sensación que La Sombra de lo Perdido: Islington genera ideas y personajes interesantes, con potencial para situaciones complejas, pero tan pronto como estas se interponen en la historia que quiere contar, van por la borda sin el más mínimo miramiento. 

Y en torno a estas buenas ideas, los elementos que las rodean y conectan, son un cúmulo de fantasía genérica. Como un bizcocho soso y reseco con pocas pepitas del mejor chocolate. El bocadito en que encuentras chocolate, genial, pero el resto se te hace un engrudo en la boca. Así he sentido este libro.

Sinceramente, no creo que siga con la trilogía, y me lo pensare mucho antes de leer otra cosa de Islington. 

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