Este año me he propuesto dar una segunda oportunidad a varias sagas que había abandonado tras un primer libro con potencial, pero que no había terminado de conquistarme, y me alegra comunicar que este ha sido el segundo éxito de la iniciativa.
Resulta que El Muro de las Tormentas es, en realidad, el verdadero inicio de la saga. La Gracia de los Reyes no era sino un mal necesario, fruto —diría— de la incapacidad del autor para encontrar una forma más elegante de introducir semejante aluvión de información; un maremágnum de trasfondo geopolítico que se leía como un manual de historia, porque eso era lo que pretendía ser: todo el lore de la wiki, medio ordenado y encuadernado en un tocho ochocientas páginas.
Es como si antes de Juego de Tronos existiera un volumen previo que pretendiera abarcar cuarenta años de historia a lo ancho de nueve reinos, desde antes del nacimiento de Ned Stark, hasta el final de la rebelión de Robert.
Sigue pareciéndome un tanto cuestionable el publicar un primer libro con ese enfoque casi enciclopédico, pero una vez salvado el escollo, lo cierto es que esta "segunda" parte merece mucho la pena.
Aquí la historia esta mucho más focalizada: abarca un periodo más corto de tiempo y se centra en un grupo reducido de personajes, pero sin perder la escala y ambición de los acontecimientos. Hay intriga, rebeliones, guerra, traiciones... y esta vez, no desde una distancia fría y neutral, como en el primer libro, sino de un modo que te hace conectar con el conflicto y quienes lo protagonizan.
De hecho, hay dos personajes —Jia, en particular—, a los que he odiado de forma visceral. Más incluso que a los supuestos antagonistas. Cada decisión que tomaban y cada intento de justificar sus actos despertaban en mí una rabia que me hacía morderme los nudillos. Lo cual habla de lo bien escritos que están, y de cómo la novela ha abandonado la impasible objetividad del falso libro de historia para evolucionar hacia una trama mucho más personal y cercana.
Aún así, tampoco esperéis un frenesí de acción. Es un libro pausado, con énfasis en la filosofía, el protocolo, el orden social, y las primeras cien páginas son culpables de reiterados cargos de exposición disfraza de diálogo. Pero cuando las intrigas sucesorias se ponen en marcha y emergen nuevas amenazas, la novela se pone muy interesante y lo cierto es que he terminado completamente enganchado.
Aunque quizá, más que la política y los tejemanejes, lo verdaderamente fascinante de la novela sea toda la componente de ciencia e ingeniería con que suple la ausencia de un sistema de magia. Me parece admirable que, en un mundo de fantasía sin magia, el autor haya encontrado la forma de introducir tanta variedad de escenarios y una carrera armamentística con el equivalente a submarinos, portaviones, armas incendiarias o armas eléctricas. De no ser porque todo está construido con bambú y seda, rozaría el steampunk.
Y cuando digo que no hay magia, claro, me refiero a que no hay magia con peso real en la trama. Siguen apareciendo pasajes de lo que podríamos llamar intervención divina, como en el primer libro, los cuales siguen sin aportar absolutamente nada, hasta el punto que mi mente ha terminado por relegarlos a ruido de fondo. Incluso uno de los personajes lo verbaliza: si es imposible conocer los designios de los dioses, lo sensato es vivir como si no influyeran y asumir que todo tiene causas naturales.
En conclusión, me ha parecido una novela excelente. El mundo tiene una personalidad distintiva, los conflictos y obstáculos rebosan creatividad e inventiva, he conectado con las dificultades de los personajes, he odiado a unos y he sufrido y celebrado con otros...
Estoy deseando seguir y leer el tercer libro. Y lo que realmente me pregunto —quizá use a mi mujer como conejillo de Indias—, es si realmente se pierde uno tanto empezando directamente aquí y saltándose La Gracia de los Reyes.

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