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Mujercitas | Louisa May Alcott

No sé si será haberlo leído con mi mujer antes de dormir, o si el hecho de tener una niña pequeña me ha ablandado el corazoncito, pero estoy genuinamente sorprendido de lo mucho que me ha gustado un libro que, a priori, parecía tan alejado del género que suelo consumir.

Mujercitas Luisa May Alcott

Nos lo venden como una novelita romántica, y sí: las protagonistas son todas mujeres; y sí, una de sus principales preocupaciones es si se van a casar, con quién, o si acabarán siendo unas solteronas. Pero el libro es mucho más que eso. Es tierno, divertido, a veces trágico, y está cargado de momentos emotivos.

En ocasiones parece una obra moralizadora, una especie de guía novelizada sobre cómo debería ser una buena jovencita cristiana, muy de la mano de El progreso del peregrino, de Bunyan, a la que hace constantes referencias. Sin embargo, rompe una y otra vez con los valores tradicionales del siglo XIX y ensalza la felicidad que puede encontrarse en una vida sencilla, frente a la búsqueda de posición, riqueza o estatus a través del matrimonio.

En otros momentos presenta situaciones tan atemporales que resulta imposible no verse reflejado en ellas. Y fue escrito hace doscientos años. Los tortuosos primeros pasos de Meg en su vida de casada, o las vicisitudes que atraviesa Jo para publicar su novela, su lucha contra el síndrome del impostor... son cosas que perfectamente podrían pasar hoy en día. 

Y la prosa… madre mía. Igual, de otra pluma, hubiese parecido una novela banal e inconsecuente. Pero es que la prosa es de diez. La autora tiene una forma de decir las cosas, de insinuarlas, de construir alegorías y paralelismos, que me tiene fascinado.


Es cierto que se nota que, cuando se publicó la primera parte, no había planes claros para una continuación. Las tramas sembradas desde el inicio están mucho mejor atadas que aquellas que hubo que introducir a posteriori. Por ejemplo, lo que ocurre con Beth resulta algo reiterativo (y creo que está mejor resuelto en la adaptación cinematográfica), y que Bhaer no aparezca hasta prácticamente cien páginas antes del final —cuando se podría haber mencionado, aunque fuera de pasada, a la familia Kirke en cualquier momento— va en contra de todo lo que esperamos y estamos acostumbrados en materia de prefiguración. Pero claro, es que la novela antecede incluso a la pistola de Chejov. 

Aun así, el final me ha parecido redondo. Los dos últimos capítulos —el cuento de Jo y, después, la fiesta bajo los manzanos— son preciosos. De esos finales que dejan un pequeño vacío, pero también la satisfacción y la paz de espíritu de haber terminado algo verdaderamente delicioso.

Me ha encantado. Estoy deseando poder leérselo a mi hija. Y, más importante aún, me ha hecho reconsiderar todo un género de clásicos y una balda entera de la estantería que tenía injustamente defenestrada. Mi mujer ya ha puesto el marcapáginas en Orgullo y prejuicio para empezar esta noche… y hasta tengo ganas. Y cuando alguien me pregunte por el libro perfecto para empezar el día de Navidad, creo que ya tengo mi respuesta.

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